escribo, luego existo




28/03/2013

Motivos para no ir al súper en Jueves Santo



Nueva columna en Contra-Escritura

Hoy he cometido una estupidez. Bueno, dicho así parece que no sucediera nunca. Pero hoy quizá la cosa ha adquirido un cariz diferente. Ha sido una verdadera estupidez la que se ha dejado caer por mi mente: ir al supermercado. Nada más entrar, una chica bastante cotilla me ha cedido su sitio en la cola de las cajas, señal inequívoca de querer empezar una conversación, como he podido comprobar un segundo después. «Siempre comprando a última hora, ¿eh?». (Todavía no he caído en la cuenta de por qué ha pensado que iba a pagar cuando mi cesta todavía estaba vacía).

Y yo, que soy muy dado a quedar pensativo mientras mi sangre navarra intenta comprender el derroche de confianza de una completa desconocida, pienso: «¿Última hora? ¿Me ha seguido desde casa y en mi día a día? ¿Desde cuándo?». El caso es que he asentido y, mientras daba media vuelta e intentaba abrirme paso en el concurrido pasillo, he caído: «se ha debido referir a que no he podido hacer la compra antes del primer día de fiesta, supongo». Y sigo suponiéndolo.

En mi afán de que estos textos os puedan servir más allá de los dos minutos que podéis tardar en leerlos, voy a daros unos cuantos motivos por los que no ir al súper en Jueves Santo. Esto hoy va de autoayuda, queridos lectores.

1. Para empezar, estaba lleno de niños. Supongo que los hijos de todos aquellos padres que no hayan encontrado abierto el típico lugar en que soltarlos para perderlos de vista un rato y descansar al calor de un café con los otros padres. Además, llovía, así que quizá han decidido acudir al supermercado que hay aquí al lado ante la pereza de tener que enclaustrarse en el centro comercial más cercano (sí, ese que siempre está hasta los topes cada vez que los escolares cogen las vacaciones).

2. No he podido tachar ni la mitad de los productos de mi lista de la compra. Las estanterías estaban medio vacías, supongo que porque estos días los camiones de reparto no trabajan con la misma regularidad. Por no haber, no había ni pan, con eso os digo todo.

3. Los grupitos. Es difícil pelearte con un montón de amigos que han decidido pararse a debatir qué tipo de atún quieren llevarse en su escapada a una casa rural durante estos días. Eran siete, ocupaban todo el pasillo y tapaban un montón de cosas más, entre ellas un par que yo estaba buscando sin éxito desde el primer momento. Y la conversación que mantenían me la ahorro, por salud mental (mía y vuestra) y porque dará para otro post.

4. Las cajas. Si de normal suelen estar abiertas un par de cajas de las quinientas que existen en el establecimiento, hoy solo una cajera estaba atendiendo y formando una cola de unos quince carros. Sin exagerar. (Es algo que nunca he entendido. «¿Por qué no colocan las cajas justas en el momento de instalar un nuevo supermercado? No entiendo ese afán por abarcar más de lo que pueden e incluir cajas de pago por encima de sus posibilidades. Siempre pasa», he pensado mientras trataba de organizar todo dentro de las bolsas).

Antes de salir, he echado un último vistazo al lugar, que en esos momentos parecía el Madison Square Garden durante un concierto de Lady Gaga, y he elaborado mi particular resumen: el súper en el que faltaban la mitad de los productos y sobraba la mitad de la gente. Y he vuelto a comprobar lo descompensada que está la vida a veces. Mientras, una niña me miraba a los ojos, sonriente, obstaculizando el paso para que le prestara atención. Su madre, mientras trataba de acorralarla para abrirme paso, me ha dicho: «Te la regalo. ¿Te la quieres llevar?». «No, gracias, ya no estoy para estos trotes», he respondido. Y, a la vista del furor con el que tanta gente trataba de llenar sus carros y cestas, he temido que al salir un ejército de zombis me estuviera esperando para completar el cuadro.

 

26/03/2013

Mi primer «posmodernismo»



Hoy me estreno como columnista en la revista digital Contra-Escritura. Publicaré una colaboración mensual, de momento, sobre temas a los que he llamado «posmodernismos». Se trata de un conjunto de narraciones sobre anécdotas y hechos que son propios de esta era, la llamada «posmoderna». Siempre con un toque de ironía y trasladando experiencias e historias de la calle, cercanas y absolutamente vivas. No prometo coherencia, pero sí muchas risas. Mi primer posmodernismo comienza así:

«A mi edad, nadie se casa, nadie tiene hijos, nadie tiene una carrera». La frase no la he dicho yo, sino Lena Dunham, la nueva estrella del panorama audiovisual norteamericano. Tanto su primera película, Tiny Furniture, como las dos temporadas de la serie Girls, que ha escrito, dirigido y protagonizado, han llegado como una bocanada de aire fresco a la industria tras algunos sucedáneos más o menos indies que no aportaban nada nuevo a historias del calado de Sexo en Nueva York. Y la Dunham se ha propuesto elaborar un...

 

22/03/2013

Si te pillan



«Si te pillan, estás perdido», pero no siempre. Por ejemplo, en España, «no siempre estás perdido». Repetimos aquella primera frase hasta la saciedad cuando éramos niños, por ejemplo, y nos disponíamos a perpetrar una travesura o jugar al escondite. Pero hoy ha tomado un cariz muy diferente y, de un modo alarmante, se sitúa en el centro del debate público.

Si hoy, siendo adulto, has robado o te has apropiado ilícitamente de algún bien ajeno, esa amenaza no tiene tantas posibilidades de cumplirse si tienes un buen respaldo (de un colectivo, un partido político, una corporación o lo que sea). Lo importante, hoy, es tener un buen padrino o contar con el apoyo de algo que tenga los suficientes tentáculos como para sacarte del embrollo (y no me refiero a un pulpo ni ningún animal que cuente con los ídem). Es así de cierto, tan cierto como que, en el caso contrario, «estás perdido antes, incluso, de que te pillen». Tú ya me entiendes.

De todos modos, si a pesar de tener un buen respaldo y buenos amigos que te ayuden a pasar judicialmente desapercibido, surge algún problema, puedes recurrir a dos alternativas. La primera, negarlo todo al grito de «¡yo no sabía nada!» o «¡me han utilizado como cabeza de turco!», que es lo mismo que pensar (y nunca decir) «he hecho lo que me ha dado la gana hasta que me han pillado, qué mala suerte, así que no me queda otra que decir que cualquier prueba es falsa». La segunda opción, ¡maravillosa opción!, es levantar el dedo acusador contra los medios de comunicación. Y no entro aquí en el debate de qué medio trabaja de forma ética y cuál no, no es eso lo que importa ahora, en el tema que me ocupa. Lo importante es decir rápidamente que «han emprendido una campaña de desprestigio contra mí» cuando lo que en realidad se está pensando es «¡mierda! Han sacado mis vergüenzas a la luz y ahora estoy perdido. Debo decir cuanto antes que todo está tergiversado y manipulado para poder ganar tiempo. Si hace falta, me querello y ya está. Los medios son un cáncer para los sinvergüenzas como yo».

Resulta curioso recurrir a cualquiera de estas dos opciones, tan extendidas entre los poderosos, pero es especialmente gracioso en el caso de la segunda. Si un periódico o una televisión publican datos respaldados por una autoridad judicial, por ejemplo, el mentiroso siempre será el medio. Qué gracia. Se trata de los mismos datos, pero unos «manipulan» y otros «cumplen con su trabajo», y, en todo caso, los medios son malos, muy malos. Muy totalitario, oiga. Pero en fin, lo importante es mantenerse firme siempre al grito de «si te pillan, ¡busca culpables! Cuantos más, mejor».

14/03/2013

Aceptar preguntas (y responderlas)

No está de moda aceptar preguntas entre los políticos de este país. Por supuesto, hay excepciones, pero nuestro presidente del gobierno y algunos ministros se llevan muy mal con los interrogantes y parecen tener alergia al micrófono abierto. Hace unas cuantas semanas, el señor Mariano Rajoy convocó una rueda de prensa en Génova, la sede de su partido, para ofrecer información a cuenta de una crisis interna de su grupo político. Y no se le ocurrió otra cosa que reunir a los periodistas en una sala contigua a aquella en la que iba a comparecer, bien rodeado de sus amiguitos y arropado por todos y cada uno de ellos. Hace unos días, la ministra Ana Mato tuvo que aceptar a la fuerza las preguntas en una rueda de prensa en Nueva York después de que los periodistas convocados se negaran a cubrir su charla debido a la prohibición. «¡Que vienen los periodistas!» ha sustituido a la amenaza «¡Que viene el lobo!». Y todos tan contentos. Ante este panorama, varios asuntos:

1. Señor presidente, si me convoca a una rueda de prensa y, cuando llego, me encuentro con la situación de tenerme que meter en una sala contigua para verle a través de una televisión, no gracias. Para eso, me quedo en la redacción de mi medio y lo veo sin perder tiempo en el desplazamiento. Mejor: mande un comunicado y listo. ¿Lo han entendido?

2. ¿Saben ustedes lo que significa la expresión «rueda de prensa»? Como creo que la respuesta va a ser negativa (y miren que soy generoso, ¿eh?, pues la respondo yo mismo y les evito el trago), les diré que en la misma definición está la connotación de «conversación», es decir, una rueda de prensa es una comparecencia que incluye una rueda de preguntas por parte de los periodistas. Rue-da, rue-da, rue-da. ¿Lo han entendido?

3. No olviden que les pagan por responder a las preguntas. Entre otras cosas, les pagamos el sueldo para que ofrezcan explicaciones y nos digan qué hacen con este país en el que vivimos todos. Les pagan por responder igual que a mí me pagan por escribir, al albañil por poner suelos o al abogado por defender a sus clientes. ¿Lo han entendido? 


4. Decir de antemano que «no se aceptarán preguntas» en una comparecencia, es decir, ofrecer una información unidireccional solo tiene un calificativo y ya saben cuál es: escojan su eufemismo favorito, por favor. ¿Lo han entendido?


Y una última cuestión: ¿de veras creen que nos tragamos la copla de la transparencia si amenazan de antemano con la mordaza? 

No tengo más preguntas. Gracias.

PD. Ahora gobierna un partido, pero extiendo esta reflexión a todos los demás, por supuesto. Lamentablemente, la falta de transparencia no entiende de colores políticos ni de instituciones.