Nueva columna en Contra-Escritura.
Hoy
he cometido una estupidez. Bueno, dicho así parece que no sucediera nunca. Pero
hoy quizá la cosa ha adquirido un cariz diferente. Ha sido una verdadera
estupidez la que se ha dejado caer por mi mente: ir al supermercado. Nada más
entrar, una chica bastante cotilla me ha cedido su sitio en la cola de las
cajas, señal inequívoca de querer empezar una conversación, como he podido
comprobar un segundo después. «Siempre comprando a última hora, ¿eh?». (Todavía
no he caído en la cuenta de por qué ha pensado que iba a pagar cuando mi cesta
todavía estaba vacía).
Y
yo, que soy muy dado a quedar pensativo mientras mi sangre navarra intenta
comprender el derroche de confianza de una completa desconocida, pienso: «¿Última
hora? ¿Me ha seguido desde casa y en mi día a día? ¿Desde cuándo?». El caso es
que he asentido y, mientras daba media vuelta e intentaba abrirme paso en el
concurrido pasillo, he caído: «se ha debido referir a que no he podido hacer la
compra antes del primer día de fiesta, supongo». Y sigo suponiéndolo.
En
mi afán de que estos textos os puedan servir más allá de los dos minutos que
podéis tardar en leerlos, voy a daros unos cuantos motivos por los que no ir al
súper en Jueves Santo. Esto hoy va de autoayuda, queridos lectores.
1.
Para empezar, estaba lleno de niños. Supongo que los hijos de todos aquellos
padres que no hayan encontrado abierto el típico lugar en que soltarlos para
perderlos de vista un rato y descansar al calor de un café con los otros
padres. Además, llovía, así que quizá han decidido acudir al supermercado que
hay aquí al lado ante la pereza de tener que enclaustrarse en el centro
comercial más cercano (sí, ese que siempre está hasta los topes cada vez que
los escolares cogen las vacaciones).
2.
No he podido tachar ni la mitad de los productos de mi lista de la compra. Las
estanterías estaban medio vacías, supongo que porque estos días los camiones de
reparto no trabajan con la misma regularidad. Por no haber, no había ni pan,
con eso os digo todo.
3.
Los grupitos. Es difícil pelearte con un montón de amigos que han decidido
pararse a debatir qué tipo de atún quieren llevarse en su escapada a una casa
rural durante estos días. Eran siete, ocupaban todo el pasillo y tapaban un
montón de cosas más, entre ellas un par que yo estaba buscando sin éxito desde
el primer momento. Y la conversación que mantenían me la ahorro, por salud
mental (mía y vuestra) y porque dará para otro post.
4.
Las cajas. Si de normal suelen estar abiertas un par de cajas de las quinientas
que existen en el establecimiento, hoy solo una cajera estaba atendiendo y
formando una cola de unos quince carros. Sin exagerar. (Es algo que nunca he
entendido. «¿Por qué no colocan las cajas justas en el momento de instalar un
nuevo supermercado? No entiendo ese afán por abarcar más de lo que pueden e
incluir cajas de pago por encima de sus posibilidades. Siempre pasa», he
pensado mientras trataba de organizar todo dentro de las bolsas).
Antes
de salir, he echado un último vistazo al lugar, que en esos momentos parecía el
Madison Square Garden durante un concierto de Lady Gaga, y he elaborado mi
particular resumen: el súper en el que faltaban la mitad de los productos y
sobraba la mitad de la gente. Y he vuelto a comprobar lo descompensada que está
la vida a veces. Mientras, una niña me miraba a los ojos, sonriente,
obstaculizando el paso para que le prestara atención. Su madre, mientras
trataba de acorralarla para abrirme paso, me ha dicho: «Te la regalo. ¿Te la
quieres llevar?». «No, gracias, ya no estoy para estos trotes», he respondido.
Y, a la vista del furor con el que tanta gente trataba de llenar sus carros y
cestas, he temido que al salir un ejército de zombis me estuviera esperando
para completar el cuadro.